A las dos de la mañana, una camioneta de la Policía de Tucumán frenó en la esquina y las luces azules encendieron los rostros. Alguien gritó “pinchó el UPD” y la música se apagó. Hasta ese momento, la noche era pintura sobre "remerones", juegos, tragos y la promesa de no dormir hasta entrar al aula.

El Último Primer Día se vive así en Tucumán: como un ritual que empieza semanas antes del comienzo de clases y que hoy convivió con operativos, advertencias oficiales y una discusión que cada año vuelve a escena.

Este año, la celebración volvió a ocupar calles y barrios del Gran San Miguel de Tucumán. También volvió el despliegue oficial con controles coordinados en distintos puntos. La Policía provincial, Gendarmería y el Instituto Provincial de Lucha contra el Alcoholismo (IPLA) intervinieron luego de que el gobernador Osvaldo Jaldo y la ministra de Educación Susana Montaldo advirtieran que no se permitiría el ingreso a escuelas de estudiantes en estado de ebriedad.

El ritual de las promos

El UPD nació en Argentina y se expandió por la región de latinoamérica. En Tucumán, cada promoción le da su sello personal. Las chombas largas intervenidas —“Promo 26”, números romanos, cintas reflectantes "para que se vea más 'copado' con el flash, apodos, frases internas, dibujos, escudos de equipos deportivos y hasta logos de bandas o artistas— funcionan como identidad y bandera. Se suman lentes, glitter, banderas del curso, bombos y carteles que condensan años compartidos.

RETOS. Uno de los juegos entre los adolescentes durante la noche de UPD.

“Para nosotros significa festejar todo lo que vivimos juntos y arrancar el último tramo con la mejor energía”, dice Martina, de 17 años, mientras pinta letras negras sobre tela blanca. Ella asistió a un UPD organizado entre varios colegios y lejos de la capital. 

Jazmín aporta otra mirada: “Para mí el UPD no es ir a alcoholizarse. Es el principio de algo y también el final de una etapa. Tenés una energía distinta porque sabés que estás empezando el último año y que todavía te queda todo por vivir. Es como empezar a ser consciente de que es la última vez que te va a pasar”.

Santiago, de otro colegio, lo resume con una frase que se repite: “Es el comienzo del fin. Después cada uno toma su camino”. Juan agrega: “Es la última chance de disfrutar todos juntos”.

Y agrega: “Muchos adultos lo ven como que vamos a ponernos en pedo y hacer cualquier cosa, pero no es así. No necesitás estar en pedo para pasarla bien. Es una vibra distinta que solo vivís una vez. Podés tener otras fiestas, pero no se vuelve a sentir igual”.

La organización empieza mucho antes de esa madrugada. Se define el lugar, se diseña la remera, se contrata DJ, se arma la lista de concurrentes. La joda suele incluir juegos que mezclan humor y algo de presión grupal —“toman los que tienen piercings”, “llamá a tu ex o tomá”— y el plan final es llegar juntos a la puerta del colegio cuando amanezca. En algunas promos, la producción va más allá: alquilan toro mecánico, inflables con agua o máquinas de espuma.

“Se hizo cada año más grande”, reconoce Lucía. “A veces es una excusa más para tomar, pero también es algo que esperás desde primero”, suma Camila.

MODA REFLEX. Las remeras con cintas reflectantes para que luzcan mejor con flash.

Cuando cae la madrugada

En algunos barrios la fiesta llegó hasta el amanecer. En otros, terminó antes de las 2. En Alderetes, los operativos impactaron de lleno en las previas organizadas en salones y quinchos: la Policía desarticuló la mayoría de esos encuentros durante la madrugada. Móviles policiales, efectivos motorizados, personal de Gendarmería y agentes del IPLA intervinieron en distintos procedimientos casi en simultáneo.

EL LOOK DE LAS CHICAS. Usaron vestidos intervenidos y cintas reflex.

La escena cambió en segundos: música que se apagaba, portones que se abrían, grupos saliendo a la vereda con mochilas y parlantes en el suelo, llamados apurados a madres y padres. Algunos gritaban “¿quién buchoneó?”. Otros caminaron varias cuadras para reagruparse. También hubo jóvenes que buscaron agua o un lugar donde sentarse después de haber tomado de más. En varias cuadras, padres esperaban dentro de autos estacionados. “Prefiero venir yo y saber dónde está, antes de que se lo lleve la policía”, dijo una madre mientras subía a su hijo al auto.

Desde el Ministerio de Educación ya habían anticipado que no se permitiría el ingreso a estudiantes que no estuvieran en condiciones adecuadas de salud. La ministra Susana Montaldo cuestionó el financiamiento de fiestas con alcohol y pidió mayor responsabilidad a las familias. La Policía confirmó que los controles apuntaron a evitar el consumo en la vía pública y la venta a menores.

Una tradición que divide opiniones

El UPD genera críticas por ruidos, cortes de calle, suciedad y consumo excesivo. Al mismo tiempo, quienes lo viven aseguran que para ellos representa pertenencia y "el cierre de una etapa". Es la última vez que ese curso empieza un año juntos.

OPERATIVO. En Alderetes, la Policía y el IPLA desarticularon varias fiestas.

Entre la emoción de despedirse de la secundaria y los riesgos que trae la madrugada, el debate se reactiva cada febrero. ¿Cómo acompañar un ritual que ya forma parte de la cultura escolar sin desconocer sus excesos?

A las 7 en punto, con fiesta completa o interrumpida, varios de esos alumnos entraron a clases. Algunos con ojeras marcadas, otros todavía cantando. Lo que queda es un remerón como testimonio visible de una noche intensa. Para ellos, fue el primer paso del último año. Para la ciudad, otra postal de una tradición que crece y que todavía busca su equilibrio.